Los podcast y la revancha del long-content format

  • Tener visiones no siempre es sano. Algunas sirven para ver el bosque más allá de los árboles. Otras aplanan el terreno como una niveladora industrial y lo dejan todo deforestado.

Hace años alguien dijo que Internet era un medio de consumo rápido, que la gente tenía poco tiempo y por lo tanto los contenidos tenían que ser breves y efímeros.

El razonamiento se basaba en la ley de la semejanza: ya que nos movemos en un entorno fugaz y saturado de píldoras informativas, sirvamos un menú veloz. Como todo va muy deprisa, hay que hacer contenidos escuetos.

Una vida teletipo

 

El razonamiento no se sostiene ni en la teoría. Es como ver a alguien que vuelve estresado del trabajo, sin tiempo para hacerse la cena, y concluir que lo que necesita es un café bien cargado. Aun así, el short-content como remedio para todos los males vivió una edad dorada hasta hace pocos años.

El límite de 140 caracteres de Twitter se interpretó como una señal del futuro, imponiéndose límites parecidos a contenidos web que se quedaban en titular, subtítulo y poco más. Un flash informativo que pretendía ser vanguardista pero que era en realidad un rastro del pasado: los teletipos.

Conviene recordar que los teletipos servían para que los periodistas los persiguiesen y desarrollasen contenido a partir de ellos. Nadie se planteó nunca servir los teletipos directamente al lector… hasta que llegó Internet.

Infórmese con un hilo de titulares que le dirán que llueve (pero no cuándo va a parar), le contarán que murió el presidente (pero no quién le mató) y le anunciarán el fin del mundo.

El modelo parecía funcionar porque eliminaba intermediarios. Un relato fast-food del que podían encargarse los bots.

Noticias fast-food

Los pseudotweets

 

Las webs de las grandes marcas quedaron trufadas de pseudotweets (con su brevedad, sin su actualidad) y de falsas recomendaciones. Párrafos sueltos que se quedaban en lo superficial. Para saber más no había otro remedio que ponerse a buscar en Google hasta encontrar un blog que explicaba a fondo el asunto.

Pronto la escuela se extendió al vídeo, donde durante años se ha recomendado no superar nunca el minuto de duración, o los treinta segundos… Así será viral, decían, sin tener en cuenta que hay cosas que pueden contarse en 5 segundos y otras que necesitan varias horas.

Prisioneros del formato: no más de 200 palabras por post, no más de 1 minuto por vídeo, no más de 1 post al día en Facebook… Se olvidaron de la historia que querían contar. El resultado fue contenido breve pero pobre.

Se copiaba a los tuiteros más relevantes, pero un vídeo de YouTube no es Twitter. Un post tampoco. Y entonces Twitter se cargó el límite de caracteres y dejó de ponerles puertas al campo. El que quiera ser breve, que lo sea. El que no, que se extienda. Y que el público decida.

El revival del blog

 

Mientras tanto, algo estaba pasando en Google. El algoritmo seguía intentando comprender lo que necesitaba todo aquel que escribía palabras clave en la cajita de texto.

Había que analizar en qué resultados pinchaba la gente y comprender los casos de frustración en los que llegaban a una página decepcionante y volvían al buscador para probar suerte otra vez. ¿Qué estaba pasando?

El algoritmo aplicó una democracia cruda. Empezó a aupar a las primeras posiciones a blogs especializados, medios digitales que construían capa sobre capa informaciones relacionadas y foros de discusión en los que solo importaba el contenido. 

El tráfico SEO provocó un revival. Los muertos salieron de sus tumbas. Nos dijeron que el blog y los foros habían muerto, pero allí estaban. Las redes sociales empezaron a explorar nuevas vías de creación porque ya no cabían en sus costuras. Todas las reglas se tambaleaban. Aparecieron personajes que se ponían a hablar delante de su webcam durante horas. Posts de Facebook de más de mil palabras. 

Y entonces volvieron los podcast. 

Joe Rogan como paradigma

 

Como los blogs y los foros, los podcast existían desde hacía mucho y estaban acabados. En su primera ola se habían interpretado como un repositorio de programas de radio. En su segunda venida el podcast dio cobijo a creadores que en lo último que pensaban era en monetizar su producto. Y como suele pasar… fueron los que mejor lo monetizaron.

El ejemplo Joe Rogan. El podcast más consumido en Estados Unidos es un señor frente a una mesa y un micrófono que habla con un invitado que no suele ser famoso. ¿Cuánto dura cada episodio? Lo que haga falta. Los hay de 45 minutos, de 1 hora, de 2 horas, de 3 horas… Igual que cuando quedas a tomar algo con un amigo, todo depende de la vida que vaya tomando la conversación.

Joe Rogan, podcaster

Sin apenas guion, nunca es una entrevista al uso porque el anfitrión lleva al invitado a su terreno y acaban hablando de los temas favoritos de Rogan, como las teorías de la conspiración o las dietas alternativas.

Joe Rogan no es periodista. Es un monologuista que viene de la stand-up comedy y que además es experto en jiujitsu y comentarista televisivo de MMA. Tiene un perfil incómodo porque algunas cosas le aproximan a la derecha americana (defensor de las armas y la caza, desdén hacia movimiento LGTBI) y otras a la izquierda (legalización de la marihuana, políticas sociales).

Empezó hablando con sus amigos (que aún hoy son los que copan la lista de invitados) y cuando le llegó el éxito por su podcast pasaron Elon Musk, Bernie Sanders, Kanye West o Lance Armstrong. 

Nunca invita a quien te esperas y tiene cuidado de no convertirse en otro late-night show al que solo va quien quien está promocionando su último libro/película. La mayoría de las voces que intervienen son bastante desconocidas: humoristas, luchadores, nutricionistas, psicólogos…

¿Por qué funciona? Porque en el show de Joe Rogan destacan los dos secretos del podcast:

  1. Te hace compañía
  2. Un discurso compartido, con unos pocos valores muy acentuados.

La mayor virtud de este formato es que te habla al oído cuando estás cocinando, yendo al trabajo, saliendo a correr, intentando dormir… Nadie quiere una compañía breve, todos quieren algo que dure. 

El segundo punto es el mayor éxito de Rogan: conectar una comunidad que comparte aficiones (artes marciales, la naturaleza, comer sano y estar fuertes) y se junta para vivir de una manera más auténtica, sobre el terreno.

Otro tipo de radio

 

El podcast no ha descubierto la pólvora. La radio hacía todo esto hace setenta años y sus grandes programas siempre han contado con un estilo coherente, unas temáticas afines a su audiencia y una voz carismática que ejercía de líder.

No tiene sentido trazar fronteras rígidas entre lo que es radio y lo que es podcast, pero existe una diferencia importante: el podcast no tiene límite de duración, mientras que un programa alojado en una emisora de radio tiene que parar para ceder el puesto al próximo programa en la parrilla.

Liberado de todo límite, el podcast experimenta un auge. ¿Qué pasará con los miles de nuevos podcast que salen cada semana? ¿Se puede ganar dinero con esto? Joe Rogan ganó 30 millones de dólares el año pasado, todo fruto de reproducciones en YouTube (es una cámara fija que graba la conversación) y de inserciones publicitarias.

Todos los episodios empiezan con cinco minutos de Joe Rogan anunciando productos diversos pero parecidos. Parrillas para asar carne, cuchillos, suplementos vitamínicos… La publicidad también tiene que adaptarse al estilo. Si se hace así, funciona. Si es al revés, queda como un injerto.

Algunos podcasts buenos

 

En España hay un buen ejemplo de radio que transmutó en podcast sin dejar de ser radio. La Escóbula de La Brújula es la continuación natural de “La Rosa de los Vientos” de Juan Antonio Cebrián. Mucho antes que Iker Jiménez, Cebrián emitía de madrugada y congregaba a insomnes sedientos de historias que les ayudasen a soñar. “La Escóbula de La Brújula” es un podcast de duración indeterminada (pero siempre por encima de la hora) en el que varios tertulianos se expresan en monográficos sobre los vikingos, las momias o los cultos satánicos.

No parece haber podcast que funcione sin un alto grado de especialización, al igual que ocurre con los blogs y los canales de YouTube. Aunque al final se acabe hablando de todo, es necesario encuadrarlo dentro de algo muy concreto. Lo que está haciendo A la cola del pelotón con el ciclismo es buena muestra. Largas charlas sobre actualidad ciclista que derivan en un grupo de Telegram en el que la comunidad chatea y un grupo de Strava en el que comparten los tiempos, distancias y vatios de sus salidas en bici.

En el mundo del cómic, Es la hora de las tortas cumple a la perfección el único dogma del buen podcast: habla todo lo que necesites sobre algo que te apasione.

Snap Judgment merece ser consumido con calma. Docu-historias en torno a experiencias de violencia y crecimiento personal. 

Ear Hustle comparte este tono pero la voz la ponen los presos de varias cárceles. No es ponerles un micrófono y que hablen, hay muchísimo de guion, post-producción y banda sonora.     

En un formato totalmente diferente, el New York Times tiene The Daily. Es lo más parecido a una píldora en podcast: media hora para diseccionar el gran tema de actualidad. No son breaking news sino la digestión de las breaking news. ¿Por qué no un podcast semanal con 3 horas de Iñaki Gabilondo reflexionando sobre la vida en lugar de sus breves editoriales diarios?

Pero si hubiese que identificar un sector en España que podría estar aprovechándose mejor del podcast sería el del Arte y la Cultura. Los museos, galerías, publicaciones e instituciones culturales tienen una mina de temas especializados con los que hacer compañía a una audiencia que lo está deseando. ¿Quién no quiere irse a dormir con un análisis musicalizado de algunos de los mejores cuadros de la historia del arte? Aunque existen numerosos podcast centrados en la música y el cine, las artes plásticas parecen creer que su arte no se entiende si no lo ves con los ojos. Es precisamente al revés: lo que no puedes ver es lo que necesitas que te cuenten.

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